No vayan ustedes a creer que enloquecí, ni que me convertí a las huestes de un Torquemada al reboleo. Simplemente considero que, como cualquiera de ustedes, de nosotros, tengo el derecho a embroncarme con ciertos personajes de la política doméstica; bronca la cual, vale aclararlo, no obedece a que pienso distinto, en las antípodas ideológicas de quien hoy me motiva, sino que él, un gobernante elegido por el pueblo, tiene la obligación de ejercer la prudencia en la palabra, ni que hablar para su actos públicos. Y no lo hace.

¡Y como para no enojarme! Si esa imprudencia se hace impúdica e impiadosa, en tanto se trata de un alcalde de la ciudad capital de los argentinos que no ahorra vetos inverosímiles y hasta acepta designaciones oficiales de elementos bajo sospecha de vínculos con las barras bravas y mafiosas del fútbol, según cualquiera que no sea propenso a la distracción pudo leer en los diarios de los últimos días.

Por suerte, los nacidos por estas tierras tenemos al asado. Sí, como oyeron, porque sin prueba científica alguna, ni lo sueñen, aquí proclamo que se trata de un comer apto para conjurar maleficios.

Tal cual acabo de escribir para otros pacientes lectores, “un asado sirve para todo; para hacer las delicias de cualquier argentino, conozco a muy pocos (y pocas) capaces de ofrecer resistencia ante el llamado de la carne que palpita; para desbrozar confusiones, como por ejemplo esa que alude al origen de los platos y a las identidades nacionales en materia culinaria, puesto que nuestras parrilladas son argentinas porque aquí las sentimos como tales y no porque las hayamos inventado (¡si son más viejas que andar a pie o nadar en el agua!..fíjense que, entre los primeros rastros arqueológicos de manduques con carnes cocidas, se encuentran unos en las cercanías de la actual Beijing, desde hace millones de años). También para sentarnos a la vera del fogón con la torpe e insoportable interjección sobre quien maneja las brasas, que dice “che, ¿no le falta fuego?”, y hasta para ahuyentar malos espíritus y monarcas berretas.

Pasé las últimas y recientes semanas en un pueblo bonaerense con playa sobre el Atlántico, no de vacaciones puras, puesto que llevé mi maquinita de escribir que ahora le dicen netbook a cuestas, por esos berretines del oficio, sin contar la necesidad que uno tienen de seguir ganándose la vida, con sol o sin sol, con mar calma o bravía; o sobre el asfalto citadino, como es costumbre.

Cuento lo que conté porque por allí se encontraba un querido colega con amigos y familia, entre ellos uno de sus hijos del medio, el joven cineasta Tomás. No daré apodos ni apellidos, ya que no he sido autorizado para ello, pero si desgranaré elogios para el tal Tomás, de lo mejor entre las flamante generaciones de expertos parrilleros.

De hablar pausado el hombre, se apersonó una noche con su baúl de trabajo, en el cual constan cruces para chanchos, otras para corderos, y una tercera para costillares de vaca; las que, dijo, todas son parecidas pero filosóficamente diversas; más cuchillas y tenedores de palo largo, con botellas de vieja salmuera, al ajo y con especias varias, para que los cuadriles, los vacios o lo que fuere, sin con mollejas y otras entrañas mejor, vayan humedeciéndose con cadencia, mientras saltan y crepitan al calor de un fuego combinado de madera blanda y leños duros de quebracho.

Eligió el silencio de los que saben, no más de algunas ramitas, les aseguro que no más, y en medio del tornasol que provoca la tarde cuando quiere vestirse de noche, el aguerrido Tomás convirtió a la esperanza en fuego inicial. Luego fueron los troncos, en concierto medido entre unos y otros, a paso lento pero firme, hasta que las bailarinas rojas y amarillas alumbraron la expectativa de los presentes, que no éramos pocos por cierto.

Una voz amiga dijo llegaron los vinos y todos, sí, todos, fuimos más felices. A los postres ya el aire se sentía frío, y en ese momento fue cuando se me ocurrió contarles una historia cuyo fin aquí para ustedes sintetizo, como último párrafo de nuestro encuentro.

Vieron dije, que a míster Cameron se le nublo la entendedera y nos llamó colonialistas (¡Ja!). No se banca la paliza diplomática que le está dando aguante morocha, pero más le molesta que los asados en las islas británicas sean tan menesterosos, pese a que el famoso corte vacuno de nuestros pagos, la llamada tira, sea un invento de achuradores ingleses que por el XIX trabajaron en nuestra pampa; por eso en tiempos de Juan Manuel de Rosas, a ella, a la tira de asado, la llamaban “corte inglés”. I’m sorry mister, y pito catalán.