¡Sale un arroz con leche!… para la cultura nacional
10 de febrero de 2012“Se practicaba el desprecio a la realidad presente en función del futuro y la extirpación de todas las características propias para adoptar las prestigiadas afuera… una enseñanza que subvertía el orden natural de las cosas… Cuando ingresé a la Escuela Normal y aprendí los principios pestalozzianos, a pesar que mi sentido crítico estaba embotado por esta formación, percibí la contradicción que había con aquello de pasar de lo particular a lo general, de lo simple a lo compuesto y de lo sencillo a lo complejo y lo que se practicaba, pues se proponían los objetivos antes de estudiarse las condiciones que podían o no corresponder a ello y se invertía así el razonamiento… Ya en la pubertad el chiquilín político que había en mí, empezó a tener perplejidades como ésas… La enseñanza y el periodismo… y mamá, como maestra que era, las ayudaba… ayudaba también el desarrollo de un pensamiento individualista… esa literatura que muestra que sólo se llega a millonario si se han vendido diarios en la infancia… llegar a millonario es la prueba máxima de la capacidad humana. Sí leí bastante, y el niño lector tuvo que desdoblarse”.
“Mi principal proveedora de lecturas fue la Biblioteca Popular, fundada en 1893, que debía tener fácilmente dos mil volúmenes… se le agregó la Biblioteca de La Nación que, con mueble y todo, tenía en mi dormitorio. No me faltaron Walter Scott, Dumas, Salgari, Conan Doyle, y todos los libros de aventuras entre los que incluyo Búfalo Bill y Nick Carter, Fenimnore Cooper, Bret Hart y David Copperfield, entreverados con Balzac, Víctor Hugo, Flaubert y Eugenio Sue, Xavier de Montepin y Julio Verne. Lecturas que consolidaban el individualismo: Samuel Smiles: “Ayúdate”, “El ahorro”, “El carácter”. Orison Swett Marden, especie de Reader Digest de la época. Homero, Virgilio no me movían un pelo. Shakespeare, Racine, Corneille, Moliere no me apasionaron. “En cambio El Quijote y la novela picaresca española me cautivaron de entrada… devoré los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós… me dieron satisfacciones Varela, Pereda, Palacios Valdés, Unamuno, Azorín, Baroja, Valle Inclán… desde luego leí el teatro de la época con Benavente, los Álvarez Quintero… también algunos poetas: Espronceda, Núñez de Arce, Bécquer, Machado que vino mucho después y de los contemporáneos nuestros Lugones y Herrera y Reisig casi conjuntamente con Darío. Recitábamos Ghiraldo, Almafuerte, Carriego, Díaz Mirón, Dios Peza y desde luego Flores. Nunca me pudieron hacer aceptar a Vargas Vila con sus libros rosados… en escenas escabrosas prefería en Joaquín Belda y Felipe Trigo que entraban en materia más que Alfredo de Mussett, que me impresionó. A los nueve años me reglaron “El hombre y la tierra” de Eliseo Reclus… a pesar de mi corta edad y sobre todo por mi individualismo, liberal y egocéntrico, o tal vez por eso, identificaba al anarquismo sin mucha hostilidad; al poco tiempo posaría de nietzscheano… Darwinismo… Fui devoto de Agustín Álvarez (“Herencia moral de los pueblos hispanoamericanos” y “Adónde vamos”, Editorial La Cultura Argentina) y no lo perdono por haberme abierto la puerta a José Ingenieros, Ramos Mejía, Bilbao y otros izquierdistas pretensiosos que cultivaban la idea sarmientina racista y neocolonialista”.
Sepan disculpar ustedes lo extenso de mi cita, pero verán que valió la pena. Son dichos de don Arturo Jauretche.
Y sigo con otra, aunque mucho más breve, y esta vez sí a propósito de los menesteres que ocupan a mi columna para la agencia pública de noticias de todo los argentinos (y las argentinas, claro).
“Fui un chico bastante lector, no se si por precoz o porque entre los cuatro y los cinco años no pude correr a la par de los otros y tuve, en cambio, mucha cama y lectura, y bebí mucha leche y barba de choclo. Me quedó afición a las dos primeras. La afición a la leche me creó verdaderos problemas, de hombre, en Buenos Aires, porque en mi juventud era mal visto que un varón la bebiese…entraba a las Martonas mirando a todos lados…hasta el dulce en las comidas debía restringirse. Las comidas nocturnas debían ser exclusivamente lácteas: grandes fuentones de arroz con leche, chuño, tapioca, crema de chocolate o de vainilla, mazamorra…”. De don Arturo, claro.
Y fíjense ustedes como, testimonios como el que acabamos de recordar, u otras expresiones, en este caso de la poética tanguera, pueden dar cuenta de cierta antropología del comer popular, con disquisiciones de clase e ideología incluidas.
En 1929, Salvador Merico componía la música y Eduardo Trongé escribía la letra del tango “Seguí mi consejo”, que, respecto de los morfis y escabios del mundo porteño-tanguero de la época, dice así: “…dormila en colchón de plumas y morfala con champán…No vayas a lecherías a pillar café con leche, morfate tus pucheretes en el viejo “Tropezón” y si andás sin medio encima, cantale “¡Fiao!” a algún mozo en una forma muy digna, pa’evitarte un papelón…Refrescos, limones, chufas, no los tomés ni aun en broma…¡Piantale a la leche, hermano, que eso arruina el corazón!…Mandate tus buenas cañas, hacete amigo del whisky y, antes de morfar, rociate con unos cuantos pernós”.
Interpretaciones y debates serán bienvenidos. Hasta la próxima.


